Monday, July 14, 2008

Dia na Spencer

Hoy tendría 46 años de no haberse subido a aquel auto, en vez de haber preferido pasar la noche en el Ritz con Emad Al Fayed. Pero haberlo hecho hubiese superado el límite de la tolerancia real.
Ella lo sabía, y se lo dijo a Emad, “Dodi”, por lo que prefirió que salieran rumbo al aeropuerto, sin importar la hora.
Intentaron con cierto éxito burlar a los paparazzi, abandonando aquel hotel por la puerta posterior, pero ya estaba en marcha la conjunción de eventos que debían concluir en el desastre.
El auto donde iba Diana Spencer con Dodi Al Fayed chocó, y ambos murieron. También murió el conductor, que iba alicorado. Y no parecen suficientes las precisiones del guardaespaldas sobreviviente.
Los rasgos con que sicológicamente la distinguen los entendidos, la muestran dueña de un complejo de inferioridad ilimitado y un bloqueo del habla, lo que le daba ese aspecto tímido, cándido. Y para muchos deseable.
Mismos rasgos que facilitaron que en su alma acumulara todo ese despecho, toda esa rabia de mujer maltratada dentro de la relación de pareja. Una pareja disfuncional desde un comienzo. Ello, escenificado en el teatro institucional de la realeza británica.
También se la denota con una baja autoestima que la hacía confiar en cualquiera que le demostrase un tanto así de afecto.
Diana tenía la consciencia de que el Príncipe de Gales la había elegido para ser simplemente la proveedora del heredero real.
Ahora que se saben más cosas, aquel matrimonio de Diana con Carlos fue típico del barrio bajo: el sujeto tiene una amante que oculta con su esposa.
Y fue esa falta de afecto que la hizo abrirse, por completo, a sujetos inadecuados.
Pero su gran amor, dicen, fue Hasnat Khan.
Justo cuando vivía el vacío de haber sido dejada por Hasnat Khan, porque fue él quien tomó la iniciativa, apareció en escena Mohamed Al Fayed, padre de Dodi.
Él, Mohamed, el dueño del Ritz y de Harrods, entre otras cosas, quiso apropiársela, también. Para ello, usó a Dodi, un cuarentón que pagaba con dinero de su padre hasta un par de calcetines.
Con ese dinero de su padre pudo Dodi abrumar a Diana con montañas de regalos.
El mismo Dodi, que era un bueno para nada –como no tenía reparo en repetírselo su padre–, se maravilló con Diana, y encontró en ella, al fin, un refugio.
En la flaqueza se juntaron, Dodi y Diana, se complementaron, y sucumbieron.
Pero por encima de la calidez de sus turbulentos deseos Diana Spencer rasgó el terciopelo del telón con que una falsa majestuosidad cubría la poco aséptica intimidad del Principado

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Hasta que un crimen los separa

En ocasiones, nada hace prever la sicopatía del femicida. Pero casi siempre deja un rastro. Casi siempre hay una sucesión de pequeños eventos, que ponen en evidencia la enfermedad del sujeto. Las mujeres, no obstante, parece que no saben entender esos rastros, o simplemente no le prestan la suficiente atención.
El asunto es que la mujer debe ponerle punto final a la relación, en el momento en que, por primera vez, el sujeto la golpea.
Porque ese primer puñetazo solo será el inicio de una escalada, que puede muy seguramente terminar en femicidio.
Observados los casos, rompe el corazón el destino de aquellas mujeres que fueron víctimas de su propio descuido. Muchas sabían del talante del sujeto, sabían que con el licor se enloquecía, y sabían que era súper celoso.
Intentaron dejarlo, romper definitivamente, y sin embargo lo perdonaron. Perdón que, en el fondo, permitió gestar al femicida, que es resueltamente un criminal o se convierte en un homicida frustrado.
Son pocos los casos de femicidio reportados a las autoridades, y esta fuente de impunidad estimula, de alguna manera, el delito. Crea indiferencia. Y se trata de un delito, un asesinato, que no es cualquier asesinato.
Dura esta realidad de un fenómeno de pareja. Realidad que significa Hasta que la muerte los separe.
Un fenómeno al cual aportan, con su maldad, los violadores que asaltan a sus víctimas en las calles y terminan matándolas.
En uno de los casos denunciados, el sujeto le dio una estocada a su conviviente en el centro del corazón, “porque ella no me amaba tanto como yo la amaba a ella”, según dijo el pobre diablo, que debió ser atendido médicamente porque con el mismo puñal que mató a la mujer intentó quitarse la vida, sin lograrlo.
En otro caso, el tipo le dio a ella dos puñaladas en el vientre. La mujer sobrevivió para contar, llanamente, que “se me salieron las tripas”, y mientras los sostenía para que no se le regaran al piso, y corría para pedir ayuda, el pobre diablo le daba “puntazos” con el puñal en la espalda. Este también trató de matarse con el mismo cuchillo, sin resultado.
Un caso más, el de una jovencita de 20 años que tuvo un hijo con ese sujeto, y después se separó de él. Pero el pobre diablo la asediaba para que no tuviera otra relación. Y un día irrumpió en una reunión de amigos, que ella organizó en su modesta vivienda, y ahí mismo la apuñaló.
Siempre, los sujetos fueron, primero, golpeadores, y después, asesinos.
Y aunque en todos los casos los familiares y amigos de las víctimas sabían que el pobre diablo les pegaban a las mujeres, pocas mujeres denunciaron el mal trato.
El femicidio habla de hombres mal criados, de sociedades enfermas, de cosificación de la existencia humana.
Habla de un desprecio por la vida, definitivamente irracional.

Y más que propugnar por una trasnochada liberación femenina, debemos sumarnos para cerrarle espacios al machismo, y reclamar contenidos de enseñanza, tanto familiar como académica, de mayor convivencia y respeto humano.

 

Un día de estos

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
–Papá.
–Qué.
–Dice el alcalde que si le sacas una muela.
–Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
–Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
–Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
–Papá.
–Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
–Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
–Bueno –dijo–. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
–Siéntese.
–Buenos días –dijo el alcalde.
–Buenos –dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
–Tiene que ser sin anestesia –dijo.
–¿Por qué?
–Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
–Está bien –dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
–Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
–Séquese las lágrimas –dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese –dijo– y haga buches de agua de sal”. El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
–Me pasa la cuenta –dijo.
–¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
–Es la misma vaina.

Gabriel García Márquez

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Wood stock en Cinemax

Unos dijeron que la CIA había plantado esas nubes ennegrecidas que dejaron el campo de Bethel convertido en un lodazal. Los vecinos dijeron que era la degeneración de la juventud por el exacerbado consumo de heroína, marihuana y sexo. Y los del Estado de Nueva York dijeron que lo más prudente era declarar el área zona de desastre.
Unos dijeron que 350 mil jóvenes se reunieron allí, otros que 450 mil y unos más que un millón. Lo cierto es que la autopista colapsó.
Unos dijeron que los organizadores se llenaron los bolsillos de dólares, y los organizadores dijeron que aquello fue un fracaso financiero. Los tres días de música, paz y amor costaban 24 dólares, aunque al segundo día los asistentes descuajaron las vallas y entraron sin pagar.
Unos dijeron que hubo tres muertos: uno por sobredosis, otro de apendicitis y uno más pisoteado por un tractor. Otros dijeron que hubo tres nacimientos.
¡Un monumento al viejo granjero Max Yasgur!
Él, hace 38 años prestó el campo de Bethel para dar cumplimiento a los tres días de música, amor y paz. Su hijo Sam se lo había pedido. El lugar es hoy propiedad de Alan Gerry, magnate de la televisión por cable, quien levantó allí la sala del Centro Woods de Bethel, para conciertos de 4.800 personas.
Pero nada como la locura de los días 15, 16 y 17 de agosto de 1969. Una réplica fue Ancón, creo, cerca de Medellín.
Lástima no haber podido estar allá, en Bethel, en Woodstock, aunque la estela de su influencia nos llega hasta hoy.
El presentador, un melenudo esbelto de bluyines torcidesnudo, de pronto dijo: “Damas y caballeros, damos inicio con Richie Havens. Recibámoslo con un fuerte aplauso”, y comenzó una frenética guitarra acústica a sonar rítmicamente en las manos de un hombre desdentado de túnica marrón y negro.
Más adelante subió a la magnífica tarima The Who, y Country Joe, y Joe Cocker y Crosby, Stills and Nash.
La voz del presentador se oyó en los altoparlantes: “Damas y caballeros, va a llover. Abran sus lonas y permanezcan juntos. Por favor, retírense de las torres. Es probable que haya un corte de luz, pero puede ocurrir un accidente. Retírense de las torres de sonidos, por favor. Muévanse hacia atrás. Todo está bajo control, pero todos estamos en esto. Damas y caballeros, permanezcan juntos. La lluvia va a pasar y podremos continuar, así que conservemos la calma. Estamos con ustedes. Los vamos a cuidar. Damas y caballeros, haremos un alto mientras pasa la lluvia”.
También subieron a la enorme tarima Janis Joplin, John Sebastian, y la prodigiosa Joan Baez llenó los aires de aquel campo de alfalfa con su lírica voz sin instrumentos. Bob Dylan también subió.
“Damas y caballeros, si comienzan por el bosque van a encontrar seis accesos a la mesa de comida. Guarden la calma. Este es un ejemplo de convivencia. Esto no es Vietnam. Damas y caballeros, tengan cuidado con el lodo. No queremos accidentes. Las personas que voy a nombrar, por favor comuníquense con sus familias para decirles que están bien. Y a esta otra persona la necesitan urgente en Nueva York”.
El sonido de las guitarras eléctricas de Jimmy Hendrix y Carlos Santana se le metía por los poros a los hombres y mujeres, que danzaban con los ojos cerrados, que pasaban de mano en mano, uno tras otro, sin cesar, cigarrillos de marihuana: porros, baretos, varillos, calillas.
Bethel era un mar de jóvenes barbados y melenudos y torsos desnudos y senos y penes y redondeces en flor…
Muchos decían que allí se construía un mundo nuevo.
Que ahí era posible la convivencia pacífica.
Era posible la vida.
Cientos de miles de hombres y mujeres jóvenes, algunas parejas con sus hijos pequeños, decían que sin la Policía, sin el Ejército, sin la Ley, era posible la vida.
¡Y sin Vietnam!
“Damas y caballeros, lo que queremos es compartir. En cuanto a la música, es gratis, queremos que esto quede claro”.
Y los sueños también.
Y Woodstock quedó para la historia.
Gracias CineMax, por regalarme ese maravilloso video de Michael Wadleigh, Premio Óscar en la categoría documental, editado por el entonces también joven Martin Scorsese.
Quienes hubiéramos querido estar ahí y no lo pudimos, porque razones cronológicas, sentimos la poderosa estela de influencia de esos tres días de música, paz y amor.

Brillo de esperanza en los ojos

Cuando Investigaciones entró a la casa de El Recodo, camino a Santa Juana, no encontró nada que revelara un robo ni un acto de violencia. En la habitación que ocupaba Sergio Mardoff las cobijas estaban cuidadosamente dobladas sobre la cama. A un lado de esta el teléfono celular permanecía incrustado en el cargador, junto a unos billetes y monedas. ¿A dónde pudo ir?
El de Sergio es uno de los cientos de casos de desaparecidos que cada año se reportan. Solo que el 98 por ciento de las veces los desaparecidos aparecen, pero de Sergio aún no se sabe nada. ¿Dónde puede estar?
En la minuta de diligencias de la fiscal Sandra Véjar siguen vivas las mismas tres hipótesis del comienzo. La primera contempla “la intervención de un tercero”, expresión técnica para decir que pudo haber sido asesinado. Otra opción es que él mismo se haya quitado la vida. Pero en ambos casos, ¿dónde está el cuerpo?
Una tercera posibilidad es que aquel 30 de marzo Sergio Mardoff haya concretado la idea de alejarse voluntariamente de su entorno para optar por una existencia anónima en un lugar perdido del país. También pudo haber salido a caminar y de repente quedar en blanco, y ser en este instante otro mendigo en una calle más. ¿Y por qué no?
Todo es posible por doloroso que resulte.
La noche del 30 de marzo Marcela conversó con él por el celular. Solo se dijeron cosas de enamorados. La fiscal tiene un testimonio según el cual a esa hora deambulaba cerca del terminal de buses de Collao.
Marcela cuenta que llegó de Puerto Montt el lunes 28 de marzo a las 6 de la tarde, que era día festivo. Sergio la fue a buscar y pasaron la noche en la casa de El Recodo. A las 11 de la mañana del martes Sergio la fue a dejar a la casa a donde ella dijo que se alojaría.
“Noté que él estaba deprimido”, dice Marcela.
De acuerdo con los peritos de Investigaciones de la Policía el perfil psicológico lo enmarca en el de un joven depresivo, y esto lo sabía el siquiatra que lo había tratado casi dos años antes, cuando pasó por la peor de sus crisis.
También Marcela tuvo episodios depresivos, y el tratamiento en que ahora está, por orden y cuenta del Ministerio Público, “es para sacarme la culpa de no haberme quedado con él y quizás no estuviera desaparecido”.
El padre de Sergio Mardoff presume que hay algo más, hasta ahora oculto, en el comportamiento de Marcela. “Ella llegó y mi hijo desapareció”, musita, como hablando consigo mismo. El padre se niega a aceptar el discurrir absurdo de la vida.
Para el jefe de la Brigada de Homicidios, José Carmona, el asunto es una “Presunta desgracia”, denominación técnica que engloba todas las posibilidades.
El crimen es una de ellas.
“Mantenemos una buena comunicación con la familia, tenemos la tecnología al servicio del caso y hemos elaborado el más completo cuadro de motivaciones del joven”, apunta Carmona para acotar que han evitado dejar cualquier cosa al azar.
Las pesquisas han extendido sus redes a los pasos fronterizos y todas las localidades de la región. Se han emitido boletines y contactado las policías de países vecinos.
¿Adónde pudo haber ido Sergio?
Los reportes de desaparecidos son casi siempre de muchachos que se quedan a dormir fuera de casa sin previo aviso, familiares que discuten y uno de ellos se va temporalmente, o alguien que no quiere vivir más en ese lugar y se va para hacer su vida de nuevo. Es obvio que en los homicidios y suicidios se hallen los cuerpos.
Pero Sergio Mardoff es un completo enigma.
“Y es ilógico que ande en otra parte, sin avisarnos”, reflexiona Edda. Íntimamente, su hermana Edda cree que Sergio “ya no está acá”. El padre, en cambio, lo tiene presente en el paquete de fotografías que lleva consigo.
“Me ayudó a estabilizarme, a creer en mí y creo que fui para él la persona que más había tenido, realmente”, dice Marcela.
Al padre, la verdad, no le gustó su compañía. Considera que Marcela le trajo una carga emocional adicional a su hijo, que no le hizo bien.
Aunque esto no fue lo que le dijo Sergio la vez que caminaron los dos por el bosque nativo de Hualqui, antes de que el muchacho regresara a la casa de El Recodo. “Lo sentí de buen ánimo y le regalé el crucifijo de madera con que había hecho la Primera Comunión, y él se lo colgó al cuello”, recuerda esos momentos el padre.
¿Qué pudo, entonces, haber ocurrido?
“No se descarta ninguna hipótesis”, dice la fiscal Véjar, y reitera que la lupa con que analiza los hechos es estrictamente científica y judicial. “El expediente sigue abierto”, añade.
Hubo un brillo de esperanza en los ojos del padre el día que escuchó la versión de un camionero, según la cual lo había visto caminar por Parral. Investigaciones no pudo confirmarlo.
Pero nada desanima al padre.
La mañana del 30 de marzo vio la vecina al muchacho alimentando al perro con que se acompañaba en las noches solitarias de la casa de El Recodo, camino a Santa Juana.

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El bo leto de la suerte

Margarita del Carmen Henríquez Espinoza anotó el último de los 13 números acertados del sorteo 798 del Kino y quedó pasmada.
Permaneció unos momentos como una estatua, frente al televisor que la había transportado, y para sus adentros creyó que se había cumplido el sueño atesorado durante tantos años de ser millonaria.
Envuelta en una nube de presunciones avanzó unos pasos en la estrechez de la vivienda, en pos del boleto que estaba segura le había vendido Sergio Romero Márquez, el hombre del quiosco donde lo compró.
En realidad había comprado dos boletos, uno que escogió Segundo Marcelino Muñoz Garrido, su conviviente desde hace más 20 años, y otro que fue de su antojo.
–Él era el que siempre compraba –dice Margarita del Carmen señalando a Segundo Marcelino– y me fui entusiasmando.
Y desde el 85, o algo así, comenzaron a comprar cada semana dos boletos, religiosamente, seleccionados entre ambos. Compran boletos impresos que tengan los números con los que fueron encariñándose con el tiempo. Esta vez, esos números los tenía, al parecer, Sergio Romero Márquez.
Se trataría de los dígitos sucesivos 2, 3, 4, 5, 7, 8, 9, 10, 13, 14, 15, 20 y 21.
Sergio Romero Márquez confirma que le vendió dos boletos a Margarita del Carmen, sin asegurar sin embargo que uno de ellos sea exactamente el ganador de 103 millones 818 mil 872 pesos.
Con el recorte de papel donde hizo la anotación, Margarita del Carmen pensó en el campo con que tanto había soñado, donde pudiera sembrar muchas plantas, y también se hizo la ilusión de mandar a Segundo Marcelino a un centro de rehabilitación en Chillán, para que deje de embriagarse con vino y aguardiente.
–Yo soy capaz de no probar el combinado una semana y hasta un mes, pero de repente me encuentro un amigo y lo pruebo, y queda la embarrada –cuenta Segundo Marcelino.
El combinado es una mezcla de vino y aguardiente de 50 grados de etanol que le hace perder la memoria, y entonces, después no se acuerda en dónde estuvo, ni con quién.
–Llego a la casa al puro tacto –confiesa Segundo Marcelino–. A veces llego a los puros porrazos. Y claro que quiero sanarme de eso. Así como no fumo, no quisiera “curarme” más, pero es mental la cuestión, ¿sabe?, y vuelvo a dejar la cagada.
En muchas ocasiones, cuando la euforia del combinado lo atrapa, Segundo Marcelino ha sacado uno de los boletos del Kino que ha comprado con Margarita del Carmen, y lo ha regalado a sus contertulios.
–Después me dicen que acertaron 11, y hasta 13 números, y cobraron el premio –recuerda risueño Segundo Marcelino.
–Pero esta vez no lo hice, estoy seguro –aclara.
Y debe hacerlo, porque lo primero que creyó Margarita del Carmen fue eso: que Segundo Marcelino lo había tomado, quizás, para empeñarlo por vino.
La mañana del lunes pasado, ella fue hasta el pequeño armario de sus objetos personales, y está segura de haber visto el boleto ganador. Pero ahora no lo encuentra.
Sin el impreso del Kino no puede cobrar la fortuna que la saque de la calle 3 Sur, del deprimido barrio Patricio Lince, en Hualpén.
Su vivienda está marcada con el número 613, escrito con una delgada brocha blanca sobre la puerta metálica, y el 3 está repintado con negro. Es la misma vivienda de “la toma del 69″.
En esa fecha, siendo una niña, Margarita del Carmen estuvo junto a sus padres, Juan de la Cruz Henríquez y Margarita Espinoza, “parando bandera”, expresión que se usaba en ese momento para decir que se había clavado una bandera de Chile en la mitad del cuadrado de tierra, que cada cual había podido alambrar para sí, dentro del enorme terreno que era entonces del municipio de Concepción y devino en lo que hoy es la vecina municipalidad de Hualpén.
Margarita del Carmen cree estar segura de haber comparado bien, el pasado lunes, los números anotados con los del boleto que compró, y cree haber visto que era, en efecto, el ganador.
A eso de las 11 de la mañana, Segundo Marcelino le dijo que se iba a tomar un vino y tomó el billete de 10 mil pesos que estaba al lado, dejando el boleto del Kino allí, si mal no recuerda.
–Estuve donde Andrade, donde Lucho, y no sé dónde más, y regresé curado, pero con 4 mil pesos de sobra –relata ahora Segundo Marcelino, de 58 años, camionero desde los 15.
Dicen que no cobraron de inmediato su fortuna porque el Kino solo paga a partir del martes. Al día siguiente irían, pues, a convertir en realidad su viejo sueño.
Pero el boleto desapareció de aquel sitio.
No está. Nadie lo ha visto. Nadie al parecer lo tiene. Y esta vez Segundo Marcelino no lo regaló, ni lo ofreció en trueque por vino o combinado, en alguna cantina, porque ciertamente él llevaba 10 mil en efectivo.
Según el Kino, fueron dos los ganadores de los 104 millones de pesos rifados, y los dos fueron reportados en Santiago. Aunque no serían dos, sino tres los ganadores, según Margarita del Carmen.
Y la tercera en suerte es ella.
El gerente de marketing del Kino en Concepción, Pablo Aljaro, explicó que hay un juez para resolver el caso. “Ojalá la señora recupere el boleto y lo cobre”, añadió.
Margarita del Carmen abre de nuevo el mueble donde piensa que dejó el boleto ganador, y después avanza de nuevo hacia la alcoba. Regresa, y repite que no lo encuentra.
Pero no hay angustia en su rostro, ni agitación en sus movimientos. Todo lo hace como sumida en el encantamiento de ser millonaria.
Es una reacción emocional de suma calma, no de alguien en situación crítica que debe demostrar la legítima posesión de una millonada de pesos.
–Este sorteo comenzó con problemas –dice Marco Antonio, el segundo de los hijos de Margarita del Carmen, al considerar inusual que al instante hayan aparecido dos ganadores.
–Lo que hay que hacer es encontrar el boleto, y que mi mamá lo cobre, nada más –afirma, dando por concluido el caso.
Marco Antonio le sugirió a su mamá una recompensa a quien lo entregue.
El viernes pasado Margarita del Carmen la ofreció en el matinal de TVN, que la entrevistó: dos millones 500 mil pesos.
Nacida en Talcahuano, Margarita del Carmen se ha enfrentado desde siempre a las adversidades, con el mismo estoicismo que muestra en estos momentos decisivos, sin declinar en la fe de que las cosas cambien radicalmente, y para siempre.
Eso no le impide responder de manera tajante, “Mal”, cuando se le saluda con un “¿Cómo está doña Margarita?”. Ella sonríe después, con expresión incrédula, sentada en uno de los muebles que reduce aún más el espacio del living.
En una de las paredes hay un pequeño cuadro del Sagrado Corazón y un afiche con las tablas de multiplicar. Curioso.
Margarita del Carmen dice confiar “en el de arriba” para que en los próximos 60 días se aclaren las cosas, y pueda quizás convertir en realidad el sueño de tener una parcela rural.

Y cumplir con el anhelo de que Segundo Marcelino se sane, de tanto tomar vino y combinado. Para ella es una especie de retribución a quien la alentó en la fe del Kino, que estaría a punto de confirmarle que es millonaria, si encuentra el boleto perdido.

 

Padres en adolescencia

Comparto el enfoque que le da Pilar Sordo al momento de evaluar la adolescencia. Para comenzar, ella cree que no solamente los jóvenes de cierta edad adolecen, sino que a todos nos falta siempre algo, algo por conocer y algo por aprender: todos adolecemos.
Y ya sabemos de qué se habla cuando se menciona la palabra adolescente: chicos y chicas que, de pronto, les crecen los huesos y se estiran hacia el cielo, volviéndose torpes en sus movimientos.
A las chicas les llega la menstruación, señal de inicio de su vida fecunda, y a los chicos les cambia la voz y eyaculan, señal de que se hacen fecundos.
Es ahí, en este momento, en que nos frankensteamos, y las cosas se vuelven un drama, todo se nos complica, parecemos niños pero somos adultos, pero todavía no tan adultos y más parecemos niños, pero no queremos que nos reconozcan como niños…
Etapa de la vida en que rechazamos cosas, normas, creencias, tradiciones. Los adultos son vejestorios, los profesores son ignorantes, los demás son tontos y tontas, y nos da vergüenza acompañar al supermercado a mamá.
Los adolescentes sabemos las soluciones que el país necesita, y la clase política nos parece de extraterrestres, pero tenemos que pedirle plata a papá, o mamá –¡ups!–, para ir de carrete, porque a muchos nos encanta el carrete, y queremos posar de astutos ante nuestros amigos y vecinos del barrio, y la moda nos resulta una estupidez que sin embargo hay que usar para no quedarnos por fuera…
Volviendo al ensayo de Pilar Sordo, ella nos acusa ­–esta expresión es mía– a los padres, –justificadamente, creo yo–, de no saber ponerles límites a nuestros hijos adolescentes, porque de pronto se frustran.
¡Y descargamos, en ellos, la responsabilidad de autorregularse!
Pilar Sordo nos acusa de no saber equilibrar ternura y firmeza, así como de no hacerles ver la diferencia entre lo urgente y lo importante. Entonces, lo que estamos produciendo es una generación “sin hambre de vida, de sueños y de conciencia de esfuerzo”.
Me gustó que mencionara los cuatro asuntos de la reeducación –en cabeza de los padres, no de los hijos–:
Responsabilidad, es decir, que a los chiquillos y chiquillas “hay que enseñarles no solo cuáles son sus derechos sino también cuáles son sus deberes”.
Libertad, que “tiene más que ver con el vencerme a mí mismo y con hacer lo que tiene sentido para mi vida”, que en dejar que el adolescente haga lo que se le da la gana.
Voluntad, en cuanto a enseñarles a tener “conciencia de la espera y en el postergar sus gratificaciones inmediatas en pro de beneficios mayores”. Así se curten para tolerar la frustración y poder seguir adelante, y no ser una “generación merengue”, que se desmorona con el más mínimo apretón.
–Por último, Espiritualidad, en cuanto a que “creo que un adolescente que se permite sentir a Dios tiene mejores posibilidades de pasar esta etapa de mejor manera”.
Me encantó este enfoque de la sicóloga Pilar Sordo: el adolescente debe sentirse orgulloso de sus padres, de sus sueños, de sus esfuerzos, de sus metas, de sus logros, de sus amigos, de sus vecinos, de sí mismos.
Tener contactos en el MSN no es tener amigos. Estar enchufados en el computador, el MP3 y el televisor, no es estar enchufados con la vida.
Y casi todas estas cosas, de nosotros los adolescentes, son responsabilidad de nosotros, los padres.
Debemos enseñarles a disfrutar la vida.
Regalarles objetos y tecnologías no es amarlos.
Dejarlos al arbitrio de la erotización de las relaciones, el alcohol y las drogas, no es amarlos.
En cambio, ser nosotros, los padres, “mas definidos en los conceptos de autoridad y, por supuesto, más presentes en las cosas del alma”, nos ayuda mucho a nosotros los adolescentes a pasar esta etapa, que es normal en la vida de todo ser humano.
¿O será que los adultos dejamos de soñar, y creemos que los adolescentes no soñamos?

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¡Si smo!

Deseo expresar mi solidaridad con los sobrevivientes del sismo de 7,9 grados que deja, hasta ahora, 387 fallecidas y 1.050 heridos en Perú.
Me hace recordar algunos otros: el terremoto–maremoto de Tumaco y el Charco (Nariño) el 12 de diciembre de 1979, el terremoto de Popayán del 31 de marzo de 1983, el terremoto de Murindó (Chocó) en octubre de 1992, el terremoto del Eje Cafetero el 25 de enero de 1999 y el terremoto de Pizarro (Chocó) el 15 de noviembre del 2004.

 

¿Y Colombia…, por qué no?

¿En qué planeta estamos en Colombia, cuando ninguna de sus universidades figura entre las 500 mejores del mundo?
El tradicional estudio bibliométrico de la Universidad Jiao Tong permitió conocer la lista de las 500 destacadas universidades del orbe, y en ella no figura nuestro país.
Esas 500 universidades están ubicadas en 38 países, 4 de los cuales son de Latinoamérica.
La madre patria, que siempre debemos observar y mencionar, fue el país número 19 entre los 38, y puso 1 universidad entre las 200 mejores, 4 entre las 300 mejores, 6 entre las 400 mejores y 9 entre las 500 mejores universidades.
De Latinoamérica, Brazil (sí, con “z” en el listado oficial, como creo que debe ser) logró la proeza de ubicarse en el puesto 22: puso 1 universidad entre las 200 mejores, 2 entre las 300, 3 entre las 400 y 5 entre las 500 mejores do mundo.
Argentina en el puesto 24 y México en el 25 comparten el mismo escalafón: 1 entre las 200, 1 entre las 300, 1 entre las 400 y 1 entre las 500 mejores.
Y en el puesto 34 está Chile, con 2 universidades entre las 500 seleccionadas por Jiao Tong. Y pare de contar.
El ranking lo encabeza, por quinto año consecutivo, Harvard, mientras la propia Jiao Tong es una entre las mejores 300.
Aquí están las 100 mejores.
Aquí, entre las 100 y las 200 mejores
Aquí, hasta las 300 mejores
Aquí, entre 300 y 400

Y aquí, las últimas 100 de la lista de las 500 mejores universidades del planeta Tierra.
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Un hasta si empre, ala

Aún tardíamente deseo expresar mi sorpresa por la decisión de Julián Ortega Martínez de cerrar su blog La columna, activo durante dos años.
Es la dinámica de las cosas y el movimiento perpetuo de la blogosfera.
También debo consignar que discrepo de la manera como él entiende y califica ciertas entidades, como nuestro país Colombia (“maldito”), que “no se arreglará ni en 10, ni en 20, ni en 100 años” (pretendo ser más optimista y creer que ciertos aspectos se pueden modificar).
Extrañaré la puntuda prosa de Julián, ala.

Le muerden la apple a Jobs

No hubo demandas, ni pérdida de prestigios, ni despidos, ni amenazas de muerte cuando se supo que no era el todopoderoso de Apple quien escribía El Diario Secreto de Steve Jobs en un blog, sino el Editor en Jefe de la revista Forbes, Daniel Lyons.
Nadie consideró que se tratara de una suplantación, un abuso de confianza o una falsificación abierta cuando se supo que no era el todopoderoso de Apple quien escribía ese blog usando, no solamente el nombre sino la fotografía de Steve Jobs.
Pasaron varios meses de la broma según se sabe, hasta que el propio Daniel Lyons confesó que había comprado todos los libros y biografías posibles del hombre del Iphone para poder enmascararse mejor.
Muchos creyeron que era broma del propio Steve Jobs haber dicho que él no era el falso Steve Jobs que escribía como él y sobre personas conocidas y amigos de él.
Todo parece indicar que lo hecho por Daniel Lyons merece un reconocimiento por el tono realista y respetuoso que dio a su simulación. ¿Qué hubiera ocurrido en Colombia con un presunto blog de Luis Carlos Sarmiento Angulo, o alguien por el estilo?

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La agenda de Ru pert Murdoch

Además de la jugosa utilidad que pueda obtener al lograr morder parte de la torta publicitaria que actualmente devoran The New York Times y Financial Times –como es apenas natural que ocurra en el competido mundo del capital–, el magnate de los medios de comunicación Rupert Murdoch apunta a algo más sutil, pero más sensible y profundo: imponer la agenda noticiosa del día a día.
Estos dos objetivos, la torta publicitaria y la agenda informativa, los disputará Rupert Murdoch a brazo partido con The Wall Street Journal, el diario controlado por Dow Jones & Company, la empresa que acaba de adquirir.
Más allá del papel periódico (The Wall Street Journal), Dow Jones & Company posee espacios en internet que reforzarán las ambiciones de Rupert Murdoch: Barron’s, MarketWatch.com y Dow Jones Newswire. Esto se suma al propio ciberespacio del The Wall Street Journal.
Se habla de que usará estos recursos para integrar informativamente el papel con el video, para lo cual también pudiera usar otras empresas suyas, como Fox y Sky News.
Los analistas intentan darle una real dimensión –ahora que el negocio se ha cerrado– a una reciente declaración de Rupert Murdoch a la revista Time, en la que dijo “no estar seguro sobre las historias poco convencionales de primera página, que los periodistas disfrutan escribiendo”.
La competencia, en todo caso, es a muerte.
Frente a Rupert Murdoch están Financial Times, The New York Times, CNBC, Bloomberg, Thomson y Reuters. Y lo miran con desconfianza.
Rupert Murdoch piensa adelantar su estratégico ataque con The Wal Street Journal, The Times –de Londres–, The Sun, New York Post, MySpace, 20th Century Fox, BskyB, DirecTV, Fox Broadcasting, HarperCollins, Fox Noticias, GemstarTV Guide y The Wekly Standard, todos de su propiedad.

Y estos medios de comunicación son nuestro paradigma, nuestro ícono en la Era del Conocimiento.

 

Un placer fugaz

Creí que eso era todo con Música para camaleones, un libro desprolijo y un poco soso de chismes y bacanales (nada qué ver con su buena literatura), pero un editor tenía una carta bajo la manga con lo último de Truman Capote: Un placer fugaz.
Del pionero del Nuevo Periodismo, junto a Tom Wolfe y Norman Mailer, preferiremos A sangre fría, aunque ahora de lo que se trata es de su correspondencia: cartas a Cecil Beaton, Andrew Lyndon, Leo Lerman y al amor de su vida Jack Dunphy, principalmente.
En ellas veremos, una vez más, al Truman Capote (Profesor Miseria) de sus inicios como periodista, su salto a la fama y su larga, larguísima decadencia, pero esta vez mediante su propia pluma privada. El trabajo de edición es de Gerard Clarke, el mismo que ayudó a elaborar el guión de la película Capote.

Dice el niño Truman a su padre Arch Person, en una de estas cartas: “Como sabrás, mi apellido ya no es Person sino Capote, y me gustaría que en el futuro te dirigieras a mí como Truman Capote”.
Posted by marcas_c in 14:22:30 | Permalink | No Comments »

Profesor Mis eria

El taconeo de sus propios zapatos en el vestíbulo de mármol le hizo pensar en cubos de hielo tintineando en un vaso. En cuanto a las flores –los crisantemos otoñales en la urna de la entrada–, sintió que bastaría tocarlas para que se pulverizaran en briznas escarchadas; no obstante hacía calor, la casa estaba incluso demasiado caldeada; pero también fría –Sylvia se estremeció– como frío era el níveo rostro tumefacto y ajado de la secretaria, Miss Mozart, que vestía toda de blanco, como una enfermera. Claro que bien podía ser que lo fuese. Pensó un momento: Mr. Revercomb, usted está loco y ésta es su enfermera. No, francamente no. En ese momento el mayordomo le tendió su bufanda. Le impresionó su apostura: delgado, tan cortés, un negro de piel pecosa y ojos enrojecidos y opacos. Le abrió la puerta; apareció Miss Mozart: su rígido uniforme produjo un seco susurro en el vestíbulo:
–Esperamos que regrese –dijo, y le dio a Sylvia un sobre cerrado–. Mr. Revercomb se ha sentido particularmente complacido.
Fuera, la oscuridad caía como copos azules. Caminó por las calles de noviembre hasta llegar a la solitaria zona alta de la Quinta Avenida. Se le ocurrió regresar a casa atravesando el parque: casi un acto de desafío. Henry y Estelle, que nunca dejaban de insistir en su sabiduría urbana, le habían dicho una y otra vez, Sylvia, no sabes lo peligroso que es caminar de noche por el parque; mira lo que le sucedió a Myrtle Calisher. Esto no es Easton, guapa. Ésa era otra de las cosas que decían. Otra más. Dios santo, estaba harta. Sin embargo, aparte de ellos y de algunas otras mecanógrafas de SnugFare, la empresa de ropa interior para la que trabajaba, ¿a quién más conocía en Nueva York? La situación no estaría mal si no tuviera que vivir con ellos, si le alcanzara para pagarse un cuarto propio en algún sitio; pero en aquel angosto apartamento a veces sentía deseos de estrangularlos. ¿Por qué había ido a Nueva York? La causa, fuera cual fuese, le parecía a estas alturas bastante vaga; sin embargo, un motivo esencial para salir de Easton había sido librarse de Henry y Estelle, mejor dicho, de sus equivalentes, aunque Estelle también era de Easton, un pueblo al norte de Cincinnati. Habían crecido juntas. El verdadero problema de Henry y Estelle era que estuvieran tan, pero tan casados. Don Jabón, Cepigrillo, todo tenía un nombre: el teléfono era Tin Tilín; el sofá, Nuestro Berny; la cama, el Gran Oso, ¿y qué decir de sus almohadas y toallas El y Ella? Suficiente para enloquecer. ¡Enloquecer!, dijo en voz alta. El parque silencioso absorbió su voz. Qué agradable sensación, había hecho bien en atravesarlo, el viento soplaba entre las ramas, los arbotantes de luz recién encendidos iluminaban dibujos de tiza de los niños: pájaros rosas, flechas azules, corazones verdes. De pronto, dos muchachos aparecieron en el camino como un par de palabras obscenas. Rostros marcados de acné, sonrientes, se asomaron en la oscuridad como llamas amenazadoras. Cuando pasaron a su lado, Sylvia sintió que el cuerpo le ardía. Ellos se volvieron y la siguieron hacia una solitaria zona de juegos. Uno de los chicos golpeaba un palo a lo largo de una cerca de hierro, el otro silbaba. Los sonidos se aproximaron como el concentrado rugir de un motor cada vez más cercano. Cuando uno de ellos, riendo, gritó: “¿A qué viene tanta prisa?”, a Sylvia se le entrecortó la respiración. Pensó en tirar el bolso y correr; no lo hagas, se dijo. En ese momento vio a un hombre que caminaba con su perro por un paseo lateral. Lo siguió y se mantuvo cerca de él hasta llegar a la salida. ¡Cómo agradecerían Henry y Estelle que les contara y les permitiera un te-lo-advertimos! Es más, Estelle lo mencionaría en una carta y el día menos pensado todo Easton sabría que la habían violado en Central Park. Durante el resto del trayecto maldijo Nueva York: la inocente amenaza del anonimato y aquel pasillo digno del metro, iluminado toda la noche, con tuberías chirriantes, pasos interminables, la puerta numerada: 3 C.
–Ssshh –dijo Estelle, saliendo furtivamente de la cocina–, Butsy está haciendo los deberes.
Henry estudiaba Derecho en la Universidad de Columbia y, efectivamente, estaba en la sala inclinado sobre sus libros. A petición de Estelle, Sylvia se descalzó y luego atravesó el cuarto de puntillas. Ya en su habitación se dejó caer en la cama y se tapó los ojos con las manos. ¿En verdad había sucedido ese día? Miss Mozart, Mr. Revercomb, ¿estaban realmente ahí, en ese alto edificio de la calle Setenta y ocho?
–¿Qué has hecho hoy, guapa? –Estelle entró sin llamar.
Sylvia se apoyó en un codo:
–Nada, salvo mecanografiar noventa y siete cartas.
–¿Sobre qué? –Estelle usó el cepillo de Sylvia.
–¿Sobre qué va a ser? SnugFare, los calzoncillos que proporcionan seguridad a los líderes de nuestra ciencia y nuestra industria.
–¡Uf, qué humor! A veces no sé qué te pasa, hablas en un tono… ¡Ay!, ¿por qué no compras otro cepillo? Éste es un amasijo de pelos.
–Casi todos tuyos.
–¿Qué has dicho?
–Olvídalo.
–Ah, me pareció que decías algo; en fin, como te iba diciendo, me gustaría que no tuvieras que ir a esa oficina, que no regresaras enfadada. Desde mi punto de vista, como le dije a Butsy la otra noche, y él estuvo absolutamente de acuerdo, le dije: Butsy, creo que Sylvia debería casarse, una chica tan sensible tiene que relajar sus tensiones. No hay nada que lo impida. Bueno, tal vez no seas una belleza, en el sentido corriente de la palabra, pero tienes unos ojos bonitos y aspecto de persona inteligente y sincera. De hecho, eres el tipo de chica que a cualquier profesional liberal le gustaría conseguir, y supongo que es lo que tú deseas… Mira lo distinta que soy desde que me casé con Henry. ¿No te sientes sola al ver lo felices que somos? Lo que quería decirte es que no hay nada como estar en la cama con un hombre que te abrace y…
–¡Estelle! ¡Por el amor de Dios! –Sylvia se incorporó, las mejillas encendidas de ira; pero luego se mordió los labios y bajó la mirada–. Lo siento –dijo–, no quise gritar, sólo quisiera que no me hablaras así.
–Está bien –dijo Estelle, sonriendo perpleja como una tonta; luego se acercó a Sylvia y la besó–. Comprendo. Estás agotada, eso es todo. Seguro que no has comido nada. Vamos a la cocina y te haré unos huevos revueltos.
Cuando Estelle colocó el plato de huevos frente a ella, Sylvia se sintió muy avergonzada. Después de todo, Estelle trataba de ser amable. Entonces, como para repararlo todo, dijo:
–Es que me ha pasado una cosa.
Estelle se sentó frente a ella con una taza de café. Sylvia continuó:
–No sé cómo decírtelo. Es tan extraño, pero…, bueno, hoy almorcé en el Automat y tuve que compartir la mesa con tres desconocidos. Hubiera dado lo mismo que yo fuera invisible porque hablaron de cosas muy íntimas. Uno de ellos comentó que su novia iba a tener un hijo y no sabía dónde conseguir dinero para resolver el asunto. Dijo que no tenía nada que vender. Pero otro (bastante más refinado, como si no tuviera que ver con sus compañeros) dijo que sí, que podía vender algo: sueños. Hasta yo me reí, pero el hombre movió la cabeza y dijo con mucho aplomo que era totalmente cierto, que la tía de su esposa, Miss Mozart, trabajaba para un millonario que compraba sueños, simples sueños nocturnos, de cualquier persona. Anotó el nombre y la dirección, y se lo dio a su amigo, pero él lo dejó en la mesa; dijo que le parecía demasiado absurdo para creérselo.
–A mí también –intervino Estelle haciendo notar su sensatez.
–No sé –dijo Sylvia, encendiendo un cigarrillo–. No pude quitármelo de la cabeza. El nombre era A. F. Revercomb; la dirección correspondía a una casa de la calle Setenta y ocho. Sólo lo ví un instante, pero fue…, no sé, no pude olvidarlo. Empezó a darme dolor de cabeza. Salí temprano de la oficina…
Estelle dejó en la mesa su taza de café, despacio, marcando el ademán.
–Escúchame, Sylvia, ¿no me dirás que has ido a ver al loco ese, a Revercomb?
–No quería ir –dijo Sylvia, repentinamente avergonzada. Era un error hablar de eso, Estelle carecía de imaginación, jamás lo iba a entender. Sus ojos se entrecerraron, como cada vez que inventaba una mentira–. Y no fui –añadió en tono neutro–. Iba de camino cuando me di cuenta de lo ridículo que era. En vez de seguir, di un paseo.
–Muy sensato por tu parte –dijo Estelle, empezando a acomodar platos en el fregadero–. Imagina lo que hubiera sucedido. ¡Comprar sueños! ¡Habráse visto! Caray. Realmente, seguro que esto no es Easton.
Antes de ir a su cuarto, Sylvia tomó un Seconal, cosa que hacía rara vez. De otro modo, con la cabeza tan despierta y tan hecha un lío no podría descansar; además sintió una extraña tristeza, una sensación de pérdida, como si hubiera sido víctima de un hurto, un hurto real o incluso moral, como si los muchachos que vio en el parque le hubieran arrebatado realmente –de pronto encendió la luz– el bolso. ¡El sobre que le había dado Miss Mozart! Estaba en el bolso, ahora se acordaba. Lo abrió. Dentro había un papel azul doblado sobre un cheque; había una nota: en pago de un sueño, cinco dólares. Entonces lo creyó; era cierto, le había vendido un sueño a Mr. Revercomb. ¿Podía ser tan sencillo? Volvió a apagar la luz, sonriendo levemente; si vendía un par de sueños a la semana, ¡la de cosas que iba a hacer!: alquilaría un apartamento para ella sola, pensó, sumiéndose en el sueño. La calma la envolvía como la luz de una fogata, y luego vino un lapso con suaves brillos de linternas: se dormía profunda, muy profundamente. Vio unos labios, unos brazos masculinos, lejanísimos. Apartó la manta de una patada, con asco. ¿Hablaba Estelle de esos fríos brazos masculinos? Siguió deslizándose en el sueño; los labios de Mr. Revercomb rozaban su oído: cuénteme, susurró.
Pasó una semana antes de que fuese a verle de nuevo, una tarde de domingo a principios de diciembre. Había salido del apartamento con intención de ver una película, pero sin saber muy bien cómo, se encontró en la Avenida Madison, a dos calles de Mr. Revercomb. El cielo estaba color de plata, hacía frío, y el viento afilado era tan penetrante como la malvarrosa. En las tiendas, los carámbanos de oropel navideño brillaban entre montones de lentejuelas de nieve. Todo en perjuicio de Sylvia: odiaba las festividades, esos momentos en que uno está más solo que nunca. Un espectáculo la obligó a detenerse ante un escaparate.
Era un Santa Claus mecánico de tamaño natural; se golpeaba el estómago y se balanceaba con un frenesí de euforia eléctrica. Su estruendosa y chirriante carcajada se podía oír a través de los gruesos cristales. Cuanto más lo miraba, más siniestro le parecía. Finalmente se volvió, estremecida, y continuó su camino hacia la calle donde estaba la casa de Mr. Revercomb. Por fuera era un gran edificio, quizás menos cuidado e imponente que los otros, pero aun así bastante majestuoso. Una hiedra blanqueada por el invierno circundaba los ventanales emplomados y extendía sus tentáculos sobre la puerta; dos pequeños leones de piedra, de ciegos ojos cincelados, guardaban la puerta. Sylvia respiró hondo antes de tocar el timbre. El negro pálido y gentil de Mr. Revercomb la reconoció con una educada sonrisa.
En su visita anterior, la sala donde había esperado a ser recibida por Mr. Revercomb estaba vacía. Esta vez había otras personas, mujeres de aspecto diverso y un hombre joven, con ojos de mosquito, excesivamente nervioso. Si hubieran sido lo que aparentaban (pacientes en una sala de espera), él hubiera podido ser un hombre a punto de ser padre o una víctima del mal de San Vito. Estaba sentado junto a Sylvia; sus ojos inquietos desabotonaron su ropa con rapidez, y lo que vio le interesó muy poco. Sylvia sintió alivio cuando él volvió a sus crispadas preocupaciones. Poco a poco, sin embargo, cobró conciencia del interés que su presencia había suscitado en el grupo; a la luz lóbrega, incierta, de aquella estancia llena de plantas, las miradas parecían más duras que las sillas donde estaban sentados. Una mujer la miraba con especial severidad. Aquel rostro parecía destinado a poseer una dulzura suave y ordinaria, pero ahora, de ver a Sylvia, lo afeaban la desconfianza y los celos. La mujer agitaba suavemente una apolillada bufanda de piel, como si tratara de apaciguar a una bestia que pudiera atacarla a dentelladas; su mirada fija anticipó el ataque hasta que los pasos de Miss Mozart temblaron en el vestíbulo. De nuevo el grupo se dividió en entidades individuales vigilantes como escolares asustadizos.
–Mr. Pocker –dijo Miss Mozart, en tono admonitorio– ¡usted es el siguiente!
Mr. Pocker la siguió, con mirada nerviosa y retorciéndose las manos. En la estancia oscura las mujeres volvieron a acomodarse como motas de sol.
Entonces empezó a llover. Los reflejos que temblaban en las ventanas se derritieron en las paredes. El joven mayordomo entró sigilosamente en la habitación, atizó el fuego del hogar y dispuso el servicio del té en una mesa. Sylvia estaba muy cerca del fuego; se sentía mareada por el calor y el sonido de la lluvia; inclinó la cabeza a un lado, al otro; cerró los ojos, ni despierta ni dormida.
Durante largo rato, sólo la cristalina oscilación de un reloj perturbó el límpido silencio de la casa de Mr. Revercomb. Luego, un repentino disturbio en el vestíbulo sumió la habitación en un furioso estruendo: tan vulgar como el color rojo, una voz grave gritaba:
–¿Detener a Oreilly? ¿Quién osará hacerlo?
El dueño de esa voz, un hombrecito con cuerpo de tonel y piel rojo ladrillo, se abrió paso hasta el umbral de la sala; su mirada deambuló ebria de arriba abajo.
–Vaya, vaya, vaya –dijo marcando una escala descendente con su voz, áspera como la ginebra–, ¿todas estas damas van antes que yo? Pero Oreilly es un caballero. Oreilly aguardará su turno.
–No lo hará. Aquí no. –Miss Mozart corrió tras él y lo agarró del cuello de la camisa. Oreilly enrojecía aún más y los ojos se le salían de las órbitas.
–Me está ahorcando –masculló, pero las manos pálidas, verdosas, de Miss Mozart, tan fuertes como raíces de roble, le tiraban aún más fuerte de la corbata hasta hacerle cruzar la puerta, que finalmente resonó con un efecto demoledor: una taza de té tintineó, y las hojas secas de una dalia cayeron de lo alto. La dama de las pieles se llevó una aspirina a la boca.
–¡Qué desagradable! –dijo.
Todos menos Sylvia sonrieron con admirada delicadeza cuando Miss Mozart pasó frotándose las manos.
Cuando salió de casa de Mr. Revercomb, caía una lluvia densa y oscura. Echó una mirada a la calle desierta en busca de un taxi. Nada ni nadie. Sí, había alguien, el borracho que había ocasionado aquel revuelo. Estaba apoyado en un coche haciendo botar una pelota de goma como un solitario niño callejero.
–Mira –le dijo a Sylvia–, mira, me acabo de encontrar esta pelota, ¿trae buena suerte?Sylvia sonrió. El hombre le pareció inofensivo, a pesar del feroz altercado; su rostro tenía algo especial, una expresión de tristeza risueña que sugería un payaso sin maquillaje.
La siguió hacia la Avenida Madison, haciendo malabarismos con la pelota.
–A qué hice el ridículo –dijo él–. Cuando me porto así lo único que quiero es sentarme a llorar. –Después de tanto rato bajo la lluvia había recobrado una considerable sobriedad–. Pero no debió tironearme de ese modo; qué salvaje es, maldita sea. Conozco a algunas mujeres bastante salvajes (mi hermana Berenice podía herrar al toro más bravo), pero ella es la más salvaje de todas. Recuerda las palabras de Oreilly: acabará en la silla eléctrica. –Sus labios produjeron un chasquido–. No tiene por qué tratarme así. De cualquier forma, toda la culpa no es de él. No tenía mucho con que empezar y él se quedó con lo que había; ahora no me queda niente, niña, niente.
–Qué pena –dijo Sylvia, sin saber de qué se compadecía–. ¿Es usted payaso, Mr. Oreilly?
–Lo era.
Habían llegado a la avenida, pero Sylvia no hizo el menor intento de buscar un taxi, quería seguir caminando bajo la lluvia junto al hombre que había sido payaso.
–De niña sólo me gustaban las muñecas vestidas de payaso –le dijo–. Mi cuarto era como un circo.
–He sido otras cosas. También he sido corredor de seguros.
–Ah –dijo Sylvia, decepcionada–. ¿Y ahora qué hace?
Oreilly rió y lanzó la pelota muy alto; la atrapó sin dejar de mirar hacia arriba.
–Miro el cielo –dijo–. Viajo a través del azul con mi maleta. Es adonde vas cuando no tienes otro sitio. ¿Qué hago en este planeta? He robado, mendigado, vendido mis sueños, todo por el whisky. Uno no puede viajar en azul sin una botella, lo cual nos lleva al grano: ¿qué te parecería si te pido prestado un dólar?
–Me parecería bien –contestó Sylvia; hizo una pausa, sin saber qué más decir.Siguieron caminando, tan despacio que el chubasco parecía cercarlos como una presión aislante. Le pareció que caminaba con una de sus muñecas que se hubiera vuelto milagrosa y competente. Le tomó de la mano: un payaso viajando en el azul.
–Pero un dólar no lo tengo; sólo setenta y cinco centavos.
–Vale –dijo Oreilly–, ¿en serio paga tan poco últimamente?
Sylvia supo a quién se refería.
–No, no… En realidad no le he vendido un sueño. –No trató de explicarse; ni ella podía entenderlo. Ante la gris invisibilidad de Mr. Revercomb (impecable, preciso como una balanza, rodeado de clínicos aromas; ojos grises y opacos plantados como semillas en el rostro anónimo, sellados por lentes aceradas) fue incapaz de recordar un sueño, y habló de dos ladrones que la siguieron por un parque y por la zona de los columpios–. “Un momento”, me pidió que me detuviese; “hay muchos tipos de sueños”, dijo, “pero éste es falso, se lo está inventando”. ¿Cómo lo supo? Entonces le conté otro sueño; era sobre él: me abrazaba de noche entre globos que subían y lunas que caían. Dijo que no le interesaban los sueños que tuvieran que ver con él.
Miss Mozart, que anotaba todos los sueños en taquigrafía, recibió la orden de llamar al siguiente.
–Creo que no volveré.
–Volverás –dijo Oreilly–. Mírame. Hasta yo regreso, y hace mucho que el profesor Miseria acabó conmigo.
–¿Profesor Miseria? ¿Por qué le llama así?
Habían llegado a la esquina donde el Santa Claus maníaco se mecía y vociferaba. Sus carcajadas resonaron en la chirriante calle lluviosa y su sombra se proyectó sobre los arco iris reflejados en el pavimento.
Oreilly dio la espalda al Santa Claus. Sonrió y dijo:
–Le llamo profesor Miseria porque es eso. Profesor Miseria. Tal vez tú le llames de otro modo, pero es el mismo tipo; seguro que lo conoces. Las madres siempre hablan de él a sus hijos: vive en los huecos de los árboles, se desliza de noche por las chimeneas, acecha en los cementerios, sus pasos resuenan en los desvanes. El hijo de puta es un ladrón, una amenaza: se apropiará de todo lo que tengas y no te dejará nada; ni siquiera un sueño. ¡Buu! –gritó, y rió con más fuerza que el Santa Claus–. Qué, ¿ya sabes quién es?
Sylvia asintió:
–Sé quién es. En mi familia lo llamábamos de otro modo, pero no recuerdo cómo. Fue hace mucho.
–Pero ¿lo recuerdas?
–Sí, lo recuerdo.
–Entonces llámalo profesor Miseria. –Y se alejó, botando su pelota–. Profesor Miseria. –Su voz se convirtió en una mera luciérnaga de sonido–. Pro-fe-sor Mi-se-ria…
Costaba trabajo ver a Estelle recortada contra esa ventana llena de un sol tan hiriente como el crujir del cristal azotado por el viento. Además, Estelle la estaba sermoneando. Su voz nasal sonaba como si su garganta fuera un depósito de oxidadas navajas de afeitar.
–Me gustaría que te vieras –decía, ¿o acaso había dicho eso tiempo atrás?; era lo de menos–. No sé qué te ha pasado. A que no pesas ni cuarenta kilos. Se te ven todos los huesos y las venas. ¡Y el pelo! Pareces un perro de lanas.
Sylvia se pasó una mano por la frente.
–¿Qué hora es, Estelle?
–Las cuatro –dijo, interrumpiéndole el tiempo suficiente para mirar el reloj–. ¿Y dónde está tu reloj?
–Lo vendí –dijo Sylvia, demasiado cansada para mentir. No importaba. Había vendido tantas cosas, incluyendo su abrigo de castor y el bolso de noche con malla dorada.
Estelle negó con la cabeza.
–Me rindo, querida; así de claro, me rindo. Era el reloj que tu madre te regaló para tu graduación. Qué vergüenza –su boca hizo un chasquido de sirvienta antigua–, qué lástima y qué vergüenza. Jamás entenderé por qué nos dejaste. Eso es asunto tuyo, no hay duda; pero ¿cómo pudiste dejarnos por esta…, esta…?
–Pocilga –completó Sylvia, usando la palabra deliberadamente. Era un cuarto amueblado de la zona este, a la altura de la Sesenta y tantos, entre la Tercera y la Segunda Avenida. Suficientemente amplio para un sofá–cama y un buró viejo y astillado como un espejo que semejaba un ojo con cataratas, tenía una ventana que daba a un inmenso solar (en las tardes se escuchaban voces agresivas y las correrías de niños desesperados); a lo lejos, como un punto de admiración en el horizonte de edificios, se alzaba la negra chimenea de una fábrica.
La chimenea aparecía con frecuencia en sus sueños y nunca dejaba de excitar a Miss Mozart:
–Fálica, fálica –murmuraba, apartando la vista de su taquigrafía.
El suelo del cuarto era un basurero de libros empezados y nunca concluidos, periódicos viejos, hasta mondaduras de naranja, huesos de frutas, ropa interior, una polvera desparramada.
Estelle se abrió paso entre la basura y se sentó en el sofá–cama.
–Tú no lo sabes, pero me preocupas muchísimo. Mira, tengo mi orgullo y todo eso, y si no te caigo bien, bueno, pues vale. Pero no tienes derecho a alejarte de este modo, a que no se sepa de ti en un mes. Así que hoy le dije a Butsy: Butsy, tengo el presentimiento de que a Sylvia le ha sucedido algo horrible. Ya te puedes imaginar cómo me sentí cuando llamé a tu oficina y me dijeron que hacía cuatro semanas que no trabajabas allí. ¿Qué pasó?, ¿te despidieron?
–Sí, me despidieron. –Sylvia se incorporó–. Por favor, Estelle, tengo que arreglarme; tengo una cita.
–Tranquila, no irás a ningún lado hasta que no me entere de lo que pasa. La portera me dijo que te habías vuelto sonámbula…
–¿Has hablado con ella? ¿Qué pretendes?, ¿por qué me espías?
Los ojos de Estelle se arrugaron, como si fueran a llorar. Puso su mano sobre la de Sylvia y la palmeó suavemente.
–Dime, querida, ¿es por un hombre?
–Sí, es por un hombre –dijo Sylvia, con un asomo de risa en la voz.
–Debiste haber hablado conmigo antes. –Estelle suspiró–. Conozco a los hombres. No tienes por qué avergonzarte de eso. Un hombre puede tratar a una mujer de tal forma que ella se olvide de todo lo demás. Si Henry no fuera el abogado prometedor que es, lo querría de todas formas, y haría cosas que antes de conocer a un hombre me hubieran parecido horrendas y repugnantes. Pero te has enredado con un tío que se está aprovechando de ti.
–No es esa clase de relación –dijo Sylvia, poniéndose de pie y localizando un par de medias entre el furor de los cajones del buró–. No tiene nada que ver con el amor. Olvídalo. Es más, vuelve a casa y olvídate completamente de mí.
Estelle la miró con detenimiento:
–Me asustas, Sylvia, en serio que me asustas.
Sylvia sonrió y continuó vistiéndose.
–¿Recuerdas que hace mucho te dije que te casaras?
–¡Uf! Ahora escúchame tú. –Sylvia se volvió; tenía una hilera de horquillas en la boca; las retiraba una a una mientras hablaba–. Hablas de matrimonio como si fuera la respuesta absoluta; pues bien, hasta cierto punto estoy de acuerdo. Claro que quiero que me amen, ¿y quién no? Pero incluso si estuviera deseando comprometerme, ¿dónde está el hombre con el que me he de casar? Debe haberse caído por una alcantarilla. En serio, no hay hombres en Nueva York, y si los hay, ¿dónde los encuentras? Los que me parecían mínimamente atractivos o eran casados o maricas o demasiado pobres para casarse. Además, éste no es un lugar para enamorarse; es un lugar para curarse del amor. Claro, supongo que podría casarme con alguien, pero yo no quiero eso, ¿o sí?
–¿Entonces qué quieres? –Estelle se encogió de hombros.
–Más de lo que recibo. –Colocó la última horquilla en su sitio y se alisó las cejas frente al espejo–. Tengo una cita, Estelle, es hora de que te vayas.
–No puedo dejarte así –dijo Estelle, y su mano se agitó inerme–. Sylvia, eres mi amiga de la infancia.
–Justamente ése es el asunto: ya no somos niñas; al menos, yo no. Vete a casa y no vuelvas por aquí. Lo único que quiero es que te olvides de mí.
Estelle se llevó el pañuelo a los ojos; cuando llegó a la puerta lloraba con bastante fuerza. Sylvia no se podía permitir remordimientos; después de ser dura, sólo podía ser más dura.
–Adelante –dijo, siguiendo a Estelle al vestíbulo–, ¡y escribe a casa todas las tonterías que se te ocurran de mí!
Estelle lanzó un aullido que hizo que los otros inquilinos salieran a sus puertas y se fue escaleras abajo.
Sylvia regresó a su cuarto y chupó un terrón de azúcar para quitarse el agrio sabor de boca; era el remedio de su abuela para el mal humor. Luego se arrodilló y sacó la caja de puros que escondía bajo la cama. Al abrirla se escuchó una versión casera y algo descompuesta de Cómo odio levantarme por las mañanas. La caja de música la había construido su hermano, que se la regaló cuando cumplió catorce años. Al comer azúcar había pensado en su abuela, y al escuchar la melodía, en su hermano; las habitaciones de la casa en que vivieron giraron frente a ella, en penumbra; Sylvia se movía de una a otra como una luz: escaleras arriba, abajo, fuera, de un lado a otro, un aire fragante, primaveral, sombras violáceas y el chirrido de un columpio en el porche. Todos han desaparecido, pensó, evocando sus nombres, ahora estoy totalmente sola. La música terminó. Pero continuó en su cabeza; podía oírla imponiéndose a los gritos de los niños del solar vacío, interrumpiendo su lectura. Leía un diario que guardaba en la caja, un cuaderno donde apuntaba lo más importante de sus sueños; ahora disponía de una infinidad y era muy difícil recordarlos. Hoy le contaría a Mr. Revercomb el de los tres niños ciegos. Eso le gustaría. Los precios que pagaba eran variables y estaba segura de que éste era por lo menos un sueño de diez dólares. La melodía de la caja de puros la acompañó escaleras abajo, la siguió por las calles hasta hacerla desear que acabara de una vez.
En la tienda donde había estado el Santa Claus vio una exhibición igualmente enervante. Incluso cuando llegaba tarde a casa de Mr. Revercomb, como ahora, se sentía obligada a detenerse ante el escaparate. Una niña de yeso, con intensos ojos de vidrio, pedaleaba en una bicicleta a una velocidad de locura; aunque los radios de las ruedas giraban hipnóticamente, la bicicleta, por supuesto, jamás se movía: todo ese esfuerzo y la pobre chica sin ir a ningún lado. Era una situación lastimosamente humana; Sylvia se podía identificar con ella de un modo tan cabal que sintió una auténtica punzada. La caja de música giraba en su cabeza: ¡la melodía, su hermano, la casa, un baile de cuando hacía bachillerato, la casa, la melodía! ¿La oiría Mr. Revercomb? Su mirada penetrante revelaba una apagada sospecha. Sin embargo, pareció satisfecho con el sueño. Cuando salió, Miss Mozart le dio un sobre con diez dólares.
–Tuve un sueño de diez dólares –le contó a Oreilly.
–¡Estupendo! –Oreilly se frotó las manos–. Ojalá hubieras llegado antes, porque he hecho algo terrible. Entré en una tienda de bebidas, robé una botella de un cuarto de litro y salí corriendo.
Sylvia no le creyó hasta que del abrigo abrochado con unos alfileres se sacó una botella de bourbon ya medio vacía.
–Un día te vas a meter en problemas –dijo ella–, y entonces ¿qué será de mí? No sé qué haría sin ti.
Oreilly rió y sirvió whisky en un vaso de agua. Estaban sentados en un café que no cerraba en toda la noche, un rutilante depósito de comida, animado por espejos azules y murales burdos. Aunque a Sylvia le parecía un sitio sórdido cenaban allí a menudo; de cualquier forma, aun en caso de tener dinero, ¿adonde más podían ir? Juntos causaban una impresión curiosa: una chica y un borracho decrépito. Hasta en un sitio así la gente se les quedaba mirando. Si lo hacían demasiado rato, Oreilly se erguía muy digno y decía:
–Hola, labios ardientes, me acuerdo muy bien de ti, ¿todavía trabajas en el aseo de caballeros?
Pero generalmente no les molestaban, y a veces se quedaban charlando hasta las dos o las tres de la mañana.
–Menos mal que los otros no saben que el profesor Miseria te dio diez dólares. Alguno diría que le habías robado el sueño. Eso me sucedió una vez. Nadie se salva de las dentelladas, nunca he visto tantos tiburones, son peores que los actores, los payasos o los hombres de negocios. Es algo demencial, si te paras a pensarlo: la obsesión de si dormirás o no, si tendrás un sueño, si lo recordarás. Una y otra vez. Consigues un par de dólares y te lanzas a la primera licorería o a la primera máquina de pastillas para dormir, y antes de darte cuenta, ya estás total y absolutamente pirado. ¿Por qué? ¿Sabes a qué se parece? Es como la vida misma.
–No, Oreilly, en eso sí que te equivocas. No tiene nada que ver con la vida. Tiene más que ver con estar muerta. Siento como si me despojaran de todo, como si un ladrón me robara hasta dejarme en los huesos. Oreilly, no tengo ninguna ambición, y solía tener muchas. No lo entiendo, no sé qué hacer.
Él sonrió:
–¿Y dices que no es como la vida? ¿Quién entiende la vida? ¿Quién sabe lo que hay que hacer?
–No te burles; deja estar el whisky y tómate la sopa antes de que se te congele. –Encendió un cigarrillo; el humo le irritó los ojos, aguzando su ceño fruncido–. Ojalá supiera para qué quiere todos esos sueños, todos mecanografiados y archivados. ¿Qué hace con ellos? Tienes razón cuando dices que el profesor Miseria…, no se trata tan sólo de un curandero imbécil; no es posible que todo carezca de sentido, pero ¿para qué quiere sueños? Ayúdame, Oreilly, piensa, piensa: ¿qué significa?
Oreilly se sirvió otro trago, cerrando un ojo; su torcida boca de payaso adquirió una corrección académica:
–Esta pregunta vale un millón de dólares, niña. ¿Por qué no preguntas algo sencillo, como un remedio para el catarro común y corriente? Sí, ¿qué significa? He pensado bastante en ello. Lo he pensado mientras le hacía el amor a una mujer y lo he pensado a mitad de una partida de póquer. –Apuró el trago y se estremeció–. Mira, un sonido puede iniciar un sueño; el ruido de un coche que pasa por la calle puede hacer que cientos de personas dormidas caigan en lo más profundo de sí mismas. Es curioso pensar en ese coche avanzando en la oscuridad, desatando tantos sueños. El sexo, un repentino cambio de luz, un problema, estas pequeñas llaves pueden abrir nuestro interior. Pero casi todos los sueños empiezan porque una furia interior derrumba las puertas. No creo en Jesucristo pero sí en el alma; así es como me lo imagino yo: los sueños son la mente del alma, nuestra verdad escondida. Tal vez el profesor Miseria no tenga alma y tome trocitos de la tuya. Te los roba como te robaría las muñecas o el ala de pollo de tu plato. Cientos de almas han pasado por él y han ido a parar a un archivo.–Oreilly, no te burles –volvió a decir, molesta porque creyó que él bromeaba–, mira, la sopa está…
Se detuvo de golpe, sobresaltada por la expresión de Oreilly, quien miraba hacia la entrada. Había tres hombres, dos policías y un civil vestido de tendero. El civil señalaba la mesa que ocupaban ellos. Los ojos de Oreilly registraron el local con desesperación acorralada. Luego asintió, se acomodó en su sitio, se sirvió otro trago con gesto ostentoso.
–Buenas noches, caballeros –dijo cuando los oficiales se le pusieron delante–, ¿les apetece un trago?
–¡No pueden arrestarlo! –gritó Sylvia–. ¡No pueden arrestar a un payaso! –Les arrojó su billete de diez dólares, pero no le hicieron caso, y ella empezó a golpear la mesa. Todos los clientes los miraban. El encargado llegó corriendo, retorciéndose las manos.El policía le pidió a Oreilly que se pusiera de pie.
–Desde luego –dijo Oreilly–, aunque no veo por qué se preocupan de unos delitos tan ínfimos como los míos habiendo maestros del robo tan a mano. Por ejemplo, esta hermosa criatura… –se colocó entre los oficiales y señaló a Sylvia– acaba de ser víctima de un robo mayúsculo: pobrecilla, le han robado el alma.
Sylvia no salió de su cuarto en los dos días que siguieron al arresto de Oreilly: sol en la ventana; luego, oscuridad. Al tercer día ya se había quedado sin cigarrillos, así que se aventuró hasta la tienda de la esquina. Compró una caja de pastelitos, una lata de sardinas, un periódico y cigarrillos, y eso le causó una aguda sensación de delicia y contento, pues no había comido nada en todo ese tiempo. Pero el subir las escaleras y el alivio de cerrar la puerta la dejaron tan exhausta que ni siquiera pudo hacer la cama. Se sentó en el suelo y no se movió hasta que volvió a ser de día. Le pareció que había estado ahí unos veinte minutos. Puso la radio a todo volumen, arrastró una silla hasta la ventana y abrió el periódico en su regazo: Lana lo niega, Repulsa de la URSS, Los mineros llegan a un acuerdo; de todas las cosas ésta era la más triste: la vida continuaba. Cuando uno deja a un amante, la vida debería detenerse; cuando uno se aleja del mundo, el mundo debería acabarse, pero eso nunca sucede. La mayoría de la gente se levanta por la mañana, no porque importe lo que haga, sino porque no importaría que no lo hiciera. Sin embargo, si Mr. Revercomb finalmente lograba reunir los sueños de todas las cabezas, tal vez… La idea se le escapó, se entremezcló con la radio y el periódico. Bajan las temperaturas. Una tormenta de nieve recorre Colorado hacia el oeste, cae sobre todas las poblaciones, amarillea todas las luces, cubre cada pisada, está cayendo ahora mismo. Con qué rapidez se había desatado la tormenta: los techos, el solar vacío, el horizonte, tenían una blancura progresivamente espesa, aborregada. Miró el periódico y miró la nieve; debía haber nevado todo el día. Imposible que hubiera empezado hacía un momento. No se oían coches circulando; había niños alrededor de una hoguera entre los revueltos desperdicios del solar vacío; un coche, enterrado hasta el parachoques, encendía y apagaba sus luces: ¡auxilio!, ¡auxilio!, silencioso como el corazón de la angustia. Desmenuzó un pastelito y colocó las migajas en el alero de la ventana; los pájaros del norte vendrían a hacerle compañía. Les dejó la ventana abierta; la ventisca dispersó copos de nieve que se disolvieron en el suelo como joyas del día de los inocentes. Presenta: La vida puede ser hermosa. ¡Baje la radio! La bruja del bosque golpeaba su puerta. Sí, Mrs. Halloran, dijo, y apagó la radio. Silencio de nieve, silencio de sueño, sólo el remoto canturrear de los niños divertidos con el fuego. El cuarto estaba azul de frío, más frío que el frío de los cuentos de hadas: amor mío, acuéstate entre las escarchadas flores de la nieve. Mr. Revercomb, ¿por qué espera en el umbral? Vamos, pase, hace tanto frío ahí fuera. Pero el momento de despertar fue tibio; alguien la sujetaba. La ventana estaba cerrada y los brazos de un hombre la estrechaban. Le cantaba, con voz afectuosa y despreocupada: el pastel de zarzamora es rico, el pastel de mora es rico, pero no tan rico como el de amor…
–Oreilly, ¿eres tú?, ¿eres tú de verdad?
Él la estrechó con fuerza.
–La nena está despierta. ¿Cómo se encuentra?
–Pensaba que estaba muerta –dijo, y la felicidad le aleteó por dentro como un pájaro herido pero todavía capaz de volar. Trató de abrazarlo pero estaba demasiado débil.
–Te quiero, Oreilly, eres mi único amigo, estaba tan asustada. Pensé que no te volvería a ver. –Hizo una pausa, recordando–. Pero ¿cómo es que no estás en la cárcel?
El rostro de Oreilly se encendió, contento:
–Nunca he estado en la cárcel –dijo misteriosamente–, pero antes que nada vamos a comer. Esta mañana he subido algunas cosas de la tienda.
De repente sintió que flotaba:
–¿Desde cuándo estás aquí?
–Desde ayer –dijo él, atareado con paquetes y platos de plástico–. Tú misma me abriste.
–Es imposible. No recuerdo nada.
–Lo sé –dijo él, sin insistir en el tema–. Toma, bébete la leche como una niña buena que te voy a contar una historia verdaderamente malísima. Uy, es tremenda –anunció, golpeándose los costados, de buen humor; más que nunca, parecía un payaso–. Como te iba diciendo, no he estado en la cárcel; me salvé por los pelos porque cuando aquellos granujas me llevaban a empellones encontré nada menos que a la mujer gorila: ¡acertó!, Miss Mozart. ¿Qué tal?, le digo, ¿también viene a que la afeite el barbero? Ya era hora de que lo arrestaran, me dice, y le sonríe a uno de los policías. Haga su trabajo, oficial. Ah, le digo, si no me han arrestado, voy a la comisaría para denunciarla, comunista de mierda. Ya te puedes imaginar la que armó entonces: se lanzó contra mí y los policías trataron de detenerla. No creas que no les advertí: cuidado, chicos, que es una mujer de pelo en pecho. Miss Mozart debió de confirmarlo, así que yo me alejé por la calle como si tal cosa. Nunca me ha gustado pararme a mirar las peleas callejeras, como hace la gente de esta ciudad.
Oreilly se quedó con ella el fin de semana. Fue la fiesta más hermosa que Sylvia pudiera recordar; para empezar nunca se había reído tanto, y además nadie, desde luego nadie de su familia, la había hecho sentirse tan querida. Oreilly cocinaba bien y preparó deliciosos platillos en la pequeña cocina eléctrica. En una ocasión recogió la nieve del alero de la ventana para hacer un sorbete con jarabe de fresa. El domingo, Sylvia se sintió con fuerzas suficientes como para bailar. Encendieron la radio y bailó hasta caer de rodillas, sonriente, sin aliento.
–Nunca más volveré a asustarme –dijo–. Ni siquiera sé de qué tenía miedo.
–De las mismas cosas que te asustarán la próxima vez –dijo Oreilly, con calma–. Es una cualidad del profesor Miseria: nadie sabe nunca qué es, ni siquiera los niños, que lo saben casi todo.
Sylvia se acercó a la ventana; una blancura ártica cubría la ciudad, pero había dejado de nevar, el cielo nocturno tenía una claridad de hielo. Vio la primera estrella de la noche que emergía del río.
–La primera estrella –dijo, cruzando los dedos.
–¿Qué deseo pides cuando ves la primera estrella?
–Pido ver otra estrella –dijo–, casi siempre pido eso.
–¿Y esta noche?
Se sentó en el suelo, apoyó su cabeza en las rodillas de Oreilly.
–Esta noche quisiera recuperar mis sueños.
–Todos deseamos eso, ¿no? –dijo Oreilly, acariciándole el pelo–. ¿Y qué harías entonces? Quiero decir, ¿qué harías si los recuperaras?
Por un momento Sylvia guardó silencio; cuando habló tenía una mirada grave, distante.
–Regresaría a casa –dijo muy despacio–. Es un decisión terrible, pues significaría renunciar a todos mis otros sueños, pero si Revercomb me los devolviera, me iría a casa mañana mismo.
Oreilly fue al armario y sin decir palabra le dio su abrigo.
–¿Para qué? –preguntó ella, mientras él la ayudaba a ponérselo.
–Hazme caso, por favor; vamos a visitar a Revercomb, le pedirás que te devuelva tus sueños. No perdemos nada.
Sylvia se detuvo en la puerta:
–Por favor, Oreilly, no me obligues a ir. No puedo, tengo miedo.
–Creí que habías dicho que ya no volverías a tener miedo.
Una vez en la calle, Oreilly la apresuró entre la ventisca, tanto que no tuvo tiempo de asustarse. Era domingo, las tiendas estaban cerradas y los semáforos parecían encenderse y apagarse sólo para ellos; ningún coche recorría la avenida cubierta de nieve. Sylvia incluso olvidó adonde iban y recordó pequeños incidentes: en esa esquina había visto a Greta Garbo y ahí enfrente habían atropellado a una anciana. Sin embargo, finalmente se detuvo, sin aliento, abrumada por una repentina lucidez.
–No puedo, Oreilly –dijo tirando de él–, ¿qué voy a decirle?
–Proponle un trato –dijo Oreilly–; dile con franqueza que quieres tus sueños, que si te los da le devolverás todo su dinero: a plazos, naturalmente. Así de sencillo. ¿Por qué mierda no te los va a devolver? Están todos en el archivo.
De algún modo ese discurso le pareció convincente; avanzó con cierto valor, sus pies helados pisaban fuerte.
–Ésa es mi chica –dijo Oreilly.
Se separaron en la Tercera Avenida. Oreilly sabía que de momento ese barrio no era muy seguro para él. Se refugió en un portal, de vez en cuando encendía una cerilla y canturreaba: pero es más rico el pastel de whisky y moras. Un perro delgado y largo como un lobo trotó por los respiraderos en forma de luna, bajo el tren elevado, y al otro lado de la calle se veían las siluetas brumosas de los hombres reunidos en un bar. Le aturdió la simple posibilidad de entrar a conseguir un trago de gorra. Sylvia apareció cuando se había decidido a intentar algo por el estilo. Antes de que pudiera distinguir si realmente se trataba de ella, ya estaba en sus brazos.
–No hay para tanto, amor mío –dijo suavemente, abrazándola lo mejor que pudo–. No llores; hace demasiado frío para llorar, se te va a arrugar la cara.
Ella trató de hablar, poco a poco su llanto se volvió una risa trémula, artificial. El aire recibió el vaho de su risa.
–¿Sabes lo que me ha dicho? –masculló–. ¿Sabes lo que ha dicho cuando le he pedido mis sueños? –Echó la cabeza atrás; su risa subió y se remontó sobre la calle como una cometa perdida, pintada de colores estridentes. Oreilly tuvo que sacudirla.
–Dijo que no me los podía devolver porque él ya los había usado.
Se quedó callada, su rostro se suavizó, cobrando una tranquila inexpresividad. Tomó a Oreilly del brazo. Caminaron juntos, pero eran como amigos que recorrían un andén, cada cual esperando el tren en que partiría el otro. Al llegar a la esquina, él carraspeó y dijo:
–Supongo que es un buen sitio para que me vaya, tan bueno como cualquier otro.
Sylvia lo tomó de la manga:
–Pero ¿adonde vas a ir, Oreilly?
–Viajaré por el azul. –Ensayó una sonrisa poco convincente.
Ella abrió su bolso:
–Uno no puede viajar por el azul sin una botella. –Lo besó en la mejilla y deslizó cinco dólares en su bolsillo.
–Dios te bendiga, niña.
Era todo el dinero que le quedaba, pero no le importó tener que caminar sola a casa. Los montones de nieve parecían olas de un mar blanco: avanzaba sobre las olas, impulsada por vientos y mareas lunares. No sé lo que quiero, y tal vez nunca lo sepa, mi único deseo ante cada estrella será ver otra estrella. No estoy asustada, pensó, de verdad que no. Dos muchachos salieron de un bar y se le quedaron mirando. En un parque, hacía mucho tiempo, había visto a dos muchachos que tal vez fueran los mismos. No estoy asustada, de verdad que no, pensó, escuchando las pisadas que la seguían con un crujir de nieve; de cualquier forma, ya no quedaba nada que robar.

Truman Capote
(Traducción de Juan Villoro)

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Nada he mos hecho

“Todos en este país hemos dejado solos a los secuestrados… No hemos hecho nada por ellos”.
Gustavo Moncayo

Bergman y Antonioni: un cine sin temores

Inmune a los arrebatos solipsistas, que los tuve en el pasado, me permito reproducir parcialmente un texto que hoy le leí Antonio Martínez sobre el sentido de vida en el trabajo de Ingmar Bergman (1918–2007) y Michelangelo Antonioni (1912–2007), quienes decidieron, a una, abandonarnos para siempre.
Dice de ellos Antonio Martínez: “Hacían un tipo de cine admirado y al mismo tiempo resistido, porque no temía ser difícil, angustioso y hasta podía, en ocasiones, convertirse en impenetrable, luego en sagrado y finalmente en una obra de arte.
“Un cine tantas veces abstracto e interrogativo, que no evita las preguntas mayores y, lo más importante, no teme no responderlas.
“Sus dudas son las mayores y siempre tropiezan con Dios o bien con su ausencia, y desde luego con la metafísica y con la búsqueda del ser, sus causas, razones y propiedades; y avanzan por la memoria, el sexo, la culpa y siempre la duda.
“Es un cine sin temores de público o recaudación, que puede ser tan clásico como audaz en lo formal, laberíntico o transparente en sus montajes, misterioso en los diálogos y por eso resistente y sin ninguna vocación de ser permeable al acomodo, a los ajustes o a un cine más fácil, digerible y pasajero.
“Este no es un asunto de entretención y por eso, quizás, se le iguala con teología, literatura, filosofía o psicología: es un asunto del saber y de las ciencias. Es la búsqueda del conocimiento, lo más difícil y divino, y no del mercado.
“Es un cine impermeable que no filma en vano y se mantiene insobornable, reflexivo, incómodo, complejo.
“Más un siglo de trabajo y casi un centenar de películas, con un propósito: hacer crecer al hombre. Algo tedioso e imperceptible”.

Esto es lo que dice Antonio Martínez de Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, dos colosos del Renacimiento contemporáneo, que decidieron partir al mismo tiempo

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iPhone vi olable

Uno se maravilla de cómo puede salir primero a las calles la edición hechiza de Harry Potter antes del lanzamiento oficial de la más reciente Orden del Fénix.
Los que somos ignorantes tecnológicos, que hace apenas unas horas atrás abríamos los ojos admirando las excelencias de un nuevo aparato llamado iPhone, creado y popularizado mundialmente en un santiamén por Apple, ahora se nos descuelga la quijada porque la firma Independent Security Evaluators (ISE) acaba de revelar su total vulnerabilidad.
“Los expertos explicaron que pudieron apoderarse del control del iPhone mediante una conexión Wi–Fi o luego de engañar a los usuarios para que ingresaran a una página web con código maligno”, dice John Schwartz en The New York Times.
Parece que Apple ya está al tanto del asunto.
A estos sucesos, que ocurren a velocidades siderales, se sabe hoy de redes completas de computadores infectados por medio de un Universal Serial Bus Flash, o pendrive viroso.

Qué hace que se forzaban cerraduras y ajustaban diminutos tornillos a las máquinas que se aceitaban, mientras hoy interceptan de manera inalámbrica un software y crean “parches” en forma de códigos sanadores para mini hardware portátiles.

El Monito

Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite que no es vergüenza llorar cuando las lágrimas tienen la pureza recóndita de aquello que llega desde el corazón que no quiere aflojar ante terceros. Tal vez, pibe, tal vez Monito, son las mismas lágrimas que, años atrás, no tantos quizás, usted tuvo que enjugar con el revés de la mano sucia de tierra en el fondo de la casita del patio con geranios y malvones de barrio Arroyito. Tal vez son las mismas lágrimas vertidas por la rabia, la impotencia, la vergüenza, ante el coscorrón justiciero de su viejita laburante cuando usted no llegaba a la hora establecida para tomar la leche.
¿Cómo iba a entender su madre, Monito, aquel cariño entrañable por la pelota de fútbol, que lo mantenía lejos de la casa, demorado, en ese romance infantil con la de cuero, en los yuyales sabios del campito que no sabía de redes ni de cal, tras de la vía? ¿Cómo podía entender su viejo, pibe, su viejo, don Telmo, el genovés terco de canzonetta y nostalgia, su noviazgo purrete con la de gajos y ese lenguaje dulcemente nuestro de los túneles, la pisada, el chanfle, los taquitos y la rabona? Porque no era, no, una piba quinceañera, rubia y pizpireta, de ojos celestes como los de la pulpera de Santa Lucía, lo que a usted le impedía volver en el horario, a gritos reclamado por su madre. No era, no, Monito, el despertar púber del primer amor enredado en los últimos giros de un trompo o en la galleta enojo sa del hilo de un barrilete, el que lo hacía terminar los deberes de la escuela a las corridas y escapar luego, gorrión ansioso, pájaro encendido, hacia la complicidad abierta de la calle, el griterío alborozado de los pibes y el llamado seductor de un taconeo. No Monito, lo suyo era más simple, como son simples las cosas que nacen del corazón y eluden las frías especulaciones de la mente. No. Lo suyo era tan sólo la caricia tierna de la capellada de su botín zurdo en la pelota, el toque, la volea, la suela que aprieta el fútbol indócil y lo convence, lo persuade, lo amaestra. Lo suyo era el amague, el pique corto, el freno seco, y el pecho amigo para que allí se durmiera la bella amada cuando caía desde el cielo como un globo cansado de volar sin rumbo cierto. ¡Mire qué fácil, pibe, que era aquello! De la misma forma en que el amor, el puro amor, se presenta, florece y crece como una flor nocturna, como un clavel del aire brotado en la luminosidad escasa de un pasillo, así creció en usted el sortilegio. Nadie le enseñó, como no se enseña el dolor ni la paciencia, ni se sabe de dónde surge el gusto por silbar o el de hablar bajo. Usted ya lo traía impreso, se lo digo, quizás desde el fondo de la historia de ese barrio que ha visto nacer a tantos ídolos y guarda en el aire la vibración, el eco, el reverbero de mil goles gritados en la tarde, atronando el cemento, quebrando la quieta y asombrada calma de su río. O lo aprendió como se aprenden estas cosas, mirando a los demás, tratando de atrapar con ojos asombrados el misterio metafísico del chanfle, la secreta ley física que hace que el balón vaya hacia allá y dé una vuelta. Por eso, por todo eso, pibe, no se inquiete si lo ven aflojar y su mirada se empaña como el cristal de una ventana cuando recibe el tamborileo sonoro de la lluvia. No. Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite.
Así lo soñó usted tal vez, un día, allá, aferrado a la almohada confidente de su cama, en la casita del patio con geranios y malvones, alguna de esas noches de verano cuando el calor aprieta y el sueño viene:Ya está el mago de varita presta. Ya está el ilusionista sutil que hace creer en cosas que no existen y miente que en el dorso de su mano se ocultan pañuelos, palomas y barajas. Está en el medio de la cancha y su eterna enamorada, la pelota, parece que se ha ido y está inmóvil, simula emprender vuelo y no se aleja, o bien hace creer que se le escapa pero vuelve bajo la presión apenas ruda de la suela. Ahora el estadio enmudece, el mago muestra el juego. El Monito arranca y empieza el toque, el pelotazo sabio, el amague que argumenta una cosa y dice otra. De la zurda precisa del insider brotan conejos, luces multicolores, toques lujosos, las dos cortas sabidas y una larga, la cabeza alta, el ojo inquieto. El público se deleita. Ya la metió de nuevo bajo el pie, la mostró, “ahí la tenés, es tuya” ha dicho, pero no está más, la sacó, la puso en otro lado, la cambió de lugar, la amarreteó de nuevo. Allá está el compañero, el wing derecho, no lo ha visto, pero gira y le pone el pelotazo desde cuarenta metros, en el pecho. Sólo faltan los clarines, los clarines, las fanfarrias, el galope incesante de los corceles blancos girando en torno de la cancha y las ecuyères de pie sobre sus ancas.Así lo soñó usted, tal vez, un día, Monito. Ya el espectáculo termina y, a pesar de la magia del insider, a pesar de sus moñas y regates, pibe, a pesar de las cuatro pelotas de gol que usted puso en los pies del centrofoward, el partido se agosta en la chatura aburrida del empate. Pero faltaba, nomás, la carcajada. El cierre magistral, la pincelada justa que el artista deposita por fin sobre la tela e ilumina el azul, aviva grises y ruboriza la macilencia de los sepias. Faltaba nomás, la carcajada. Ese balón que llega de atrás, como un balazo. El pecho receptor del entreala tan afecto a refrenar, mullido, el rebote previsto de la bola. Ya empieza la danza, el giro sobre un pie para enfrenta el arco y el resbalar mansamente de la globa del pecho a la rodilla y de allí al suelo. Allí, en la temible ferocidad del área, allí, donde la puerta de las dieciocho se convierte en muralla pertrechada, donde hay piernas, codos, tapones alevosos y guadaña, allí la puso en el piso el entreala. Allí, en esa media luna, en lo que algunos llaman la empanada, allí donde uno se olvida de la novia, del primer amor, de lo aprendido en la escuela, de la Vieja, “vení conmigo” le dijo el Monito a su amiga del alma. Y se metió en el área con pelota dominada.No sé si hubo un caño o fueron cuatro. Quebró la cintura, pisó el cuero, pareció en un momento que pateaba, se le vinieron dos, se cerró el cuatro pero el Monito la llevaba atada.Tal vez ya no me acuerdo, decíme vos si miento, pero quedó frente al arquero y la puso en un rincón, de cachetada. No el cachetazo mordaz, el del reproche, sino el empujón cordial, el que te aprueba, la palmada que se le da a un pibe y se le dice “cruzá que yo te miro”. La pelota entró pidiendo permiso y ni tocó la red de puro cauta. Luego, el pibe se fue hasta su tribuna y adentro de su puño apretó el gol, lo abrió de golpe y fue otra vez paloma y carcajada.Llore Monito. Así lo soñó usted tal vez un día, en la casa de malvones y geranios del barrio Arroyito. Y se quedó en sueño nomás, no se dio nunca.
–¡Tan bueno que parecía de purrete! Nunca llegó a jugar ni en la tercera. Y en el equipo que se arma en la oficina a veces lo ponen un rato y otras, nada. Está gordo, pibe, algo pelado, calvo. Y me han dicho que ni va a la cancha.

Roberto Fontanarrosa

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